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Los tesoros de Catalina Huanca

Los tesoros de Catalina Huanca

Varios son los autores que han querido describir a este personaje, pero la mayoría lo ha hecho como un tema de fantasía; como Ricardo Palma, quien ha llevado a Catalina Huanca, a los límites de la leyenda y su tradición. Es el que más ha inspirado y servido de fuente a cuantos han escrito sobre el tema.

La mítica Catalina Huanca era una cacica que gobernó con mano firme y corazón noble las actuales ciudades de Huancayo, Concepción, Chupaca y Jauja durante las primeras décadas del siglo XVIII.(1)

Don Ricardo Palma
El primero que habló de ella fue don Ricardo Palma.
El tradicionalista fiel a su estilo nos contó la historia recargada y asombrosa de una poderosa y rica mujer indígena, que ingresaba a Lima desde la sierra central acompañada por trescientos siervos, trayendo cincuenta acémilas cargadas de oro y plata, tesoro que después repartía entre los pobres o donaba para la construcción de iglesias y hospitales.
Esta señora, descendiente de la nobleza huanca, y cuyo padrino era nada menos que Francisco Pizarro, respondía a un sobrenombre mítico: Catalina Huanca. Don Ricardo escribio asi .....

I
Los Huancas o indígenas del valle del Mantaro continúa a principios de siglo XI, una tribu independiente y belicosa, a la que el Inca Pachacútec logró, después de fatigosa campaña someter a su imperio, aunque reconociendo por cacique a Oto Apu-Alaya y declarándole el derecho de transmitir título y mando a sus descendientes.
Prisionero Atahualpa, envió Pizarro fuerzas al riñón del país, y el cacique de Huancayo fue de los primeros en reconocer el nuevo orden de gobierno, a trueque de que respetasen sus antiguos privilegios. Pizarro que, a pesar de los pesares, fue sagas político, aprecio la conveniencia del pacto; y para más halagar al cacique e inspirarle mayor confianza, se unió a él por un vínculo sagrado, llevando a la pila bautismal, en calidad de padrino, a Catalina Apu-Alaya, heredera del titulo y dominio.
El pueblo de San Jerónimo, situado a tres leguas castellanas de Huancayo y a tres kilómetros del convento de Ocopa, era por entonces cabeza del cacicazgo.
Catalina Huanca, como generalmente es llamada la protagonista de esta leyenda, fue mujer de gran devoción y caridad. Calcúlase en cien mil pesos ensayados el valor de los azulejos y maderas que obsequió para la fabrica de la iglesia y convento de San Francisco; y asociada al arzobispado Loayza y al obispo de la plata Fray Domingo de Santo Tomás, edificó el hospital de Santa Ana. En una de las salas de este santo asilo contemplase el retrato de Doña Catalina, obra de pincel churrigueresco
Para sostenimiento del hospital dio, además, la casita fincas y terrenos de que era en Lima poseedora. Su caridad para con los pobres, a los que socorría con esplendidez, se hizo proverbial
En la real caja de censos de Lima estableció una fundación cuyo producto debía emplearse en pagar parte de la contribución correspondiente a los indígenas de San Jerónimo, Mito, Orcotuna, Concepción, Sincos, Chupaca y Sicaya pueblecitos inmediatos a la capital del cacicazgo.
Ella fue también la que implantó en esos siete pueblos la costumbre, que aún subsiste, de que todos los ciegos de esa jurisdicción se congreguen en la festividad anual del patrón titular de cada pueblo y sean vestidos y alimentados a expensas del mayordomo, en cuya casa se les proporcionen, además alojamiento. Como es sabido, en los lugares de la sierra esa fiesta dura de 8 a 15 dias, tiempo en que los ciegos disfrutan de festines, en los que la pachamanca de carnero y la chicha de pira se consumen sin medida.
Murió Catalina Huanca en los tiempos del Virrey Marqués de Guadalcázar, de cerca de 90 años de edad y fue llorada por grandes y pequeños.
Doña Catalina pasaba 4 meses del año en su casa solariega de San Jerónimo, y al regresar a Lima lo hacia en una litera de plata y escoltada por trescientos Indios. Por supuesto que en todos los villorrios y caseríos de tránsito, era esperada con grandes festejos. Los naturales del país la trataban con las consideraciones debidas a una reina o dama de mucho cascavel, y aún los españoles la atributaban respetuoso homenaje. 
Verdades que la codicia de los conquistadores estaba interesada en tratar con diferencia a la casica, que anualmente al regresar de su paseo a la sierra, traía a Lima (¡Y no es chirigota!) Cincuenta acémilas cargadas de oro y plata ¿ De dónde sacaba Doña Catalina esa riqueza? ¿ Era el tributo que le pagaban los administradores de sus minas y demás propiedades? ¿ Era acaso parte de un tesoro que durante siglos, y de padres a hijos, habían ido acumulando sus antecesores? Esa última era la general creencia.
 
II
Cura de San Jerónimo, por los años de 1642, era un Fraile Dominico muy celoso del bien de sus feligreses, a los que cuidaba así en la salud del alma como en la del cuerpo. Desmintiendo el refrán el abad de la que canta, yanta , el buen párroco de San Jerónimo jamás utilizó a nadie para el pago de diezmos y primicias, ni cobró pitanza por entierro o casamiento, ni recurrió a tanta y tanta socaliña de frecuente uso entre los que tienen cura de almas a quienes esquilmar como el pastor a los carneros
¡ Cuándo yo digo que su paternidad era avis rara !
Con tal evangélica conducta entendido se está que el padre cura andaría siempre escaso de maravedises y mendigando bodigos, sin que la estrechez en que vivían le quitara un adarme de buen humor ni un minuto de sueño. Pero llegó día en que, por primera vez, envidiara el fausto que rodeaba a los demás curas, sus vecinos. Por esto, se dijo, sin duda, lo de :
Abeja y oveja
Y parte en la igreja
Desea a su hijo la vieja
Fue el caso que, por un oficio del cabildo eclesiástico, se le anunciaba que el ilustrísimo señor arzobispo Don Pedro Villagómez acabava de nombrar un delegado o visitador de la diósesis.
Y como acontese siempre en idéntico caso, los curas se prepararon para hechar la casa por la ventana, a fin de agasajar al visitador y su comitiva. Y los días volaban y a nuestro vergonzante dominico le corrían letanías por el cuerpo y sudaba avellanas, cavilando en la manera de recibir dignamente la visita
Pero, por mas que se devanaba la sesera, sacaba siempre en limpio que donde no hay harina todo es mohína, y que de los codos no salen lonjas de tocino.
Rezan el refrán que nunca falta quien dé un duro para un apuro; y, por esta vez, el hombre para el caso fue aquel en quien menos pudo pensar el cura; como si dijéramos, el último triunfo de la varaja humana, que por tal a sido siempre tenido el prójimo que ejerce los oficios desacristan y campanero de parroquia.
Era lo de San Jerónimo un indio que apenas podía llevar a cuestas el peso de su partida de bautismo, arrugado como pasa, nada aleluyado y que apestaba a miseria a través de sus haraposHízose en breve cargo de la congoja y aprenzos del buen Dominico, y una noche, después del toque de queda y cubre fuego, acercose a él y le dijo:
-Taita Cura, no te aflijas. Déjate vendar los ojos y ven conmigo, que yo te llevaré a donde encuentres mas plata que la que necesitas
Al principio pensó el reverendo que su sacristán había empinado el codo más de lo que razonable
Pero tal fue el empeño del indio y tales su seriedad y a plomo, que terminó el cura por recordar el refrán - del viejo, el consejo, y del rico, el remedio - y por dejarse poner un pañisuelo sobre los ojos, coger su bastón y apoyado en el brazo del campanero, echarse a andar por el pueblo.
Los vecinos de san Jerónimo entonces, como hoy, se entregaban a Morfeo a la misma hora en que lo hacen las gallinas, así es que el pueblo estaba desierto como un cementerio y más oscuro que una madriguera. No había, pues, que temer importuno encuentro, ni menos aun miradas curiosas.
El sacristán, después de las marchas y contra marchas necesarias para que el cura perdiera la pista, dio en una puerta tres golpesitos cabalísticos, abrieron, penetro con el dominico en un patio. Allí se repitió lo de las vueltas, hasta que empezaron a descender escalones que condicionan a un subterráneo.
El indio separo la venda de los ojos del cura, diciéndole :
-Taita, mira y coge lo que necesites
El dominico se quedo alejado y como quien ve visiones; y a permitírselo sus achaques, hábito y canas, se habría, cuando volvió en si de la sorpresa, echado a hacer zapatetas y a cantar Uno, dos, tres y cuatro,Cinco, seis, siete, en mi vida he tenido gusto como éste.
Hallábase en una basta galería alumbrada por hachones de resina sujetos a los pilatras. Vio ídolos de oro colocados sobre andamios de plata, y barra de este reluciente metal profusamente esparcidas por el suelo.
¡Pimpinela! ¡ Aquel tesoro era para poder volver loco al Padre Santo de Roma!
III
Una semana después llegaba a San Jerónimo el visitador, acompañado de un clérigo secretario y de varios monagos.
Aunque el propósito de su señoría era perder pocas horas en esa parroquía, tuvo que permanecer tres días, tales fueron los agasajos de que se vio colmado. Hubo toros, comilonas, danzas y demás festejos de estílos; pero todo con un boato y esplendidez que dejó maravillados a los feligreses
¿ De dónde su pastor, cuyos emolumentos apenas alcanzaban para un puchero, había sacado para tanta bambolla?. Aquello era de hacer perder su latín al más despierto.
Pero desde que continuó viaje el visitador, el cura de San Jerónimo, antes alegre, expansivo y afectuoso, empezó a perder carnes como si lo chuparan brujas y a ensimismarse y pronunciar frases sin sentido claro, como quién tiene el caletre fuera de su caja.
Llamó también y mucho la tensión y fue motivo de cuchicheo al calor de la lumbre para las comadres del pueblo, que desde ese día no se volvió al sacristán ni vivo ni pintado, ni a tener noticia de él, como si la tierra se lo hubiera tragado.
La verdad que en el espíritu del buen religioso habíanse despertado ciertos escrúpulos, a los que daban mayor pábulo la repentina desaparición del sacristán. Entre ceja y ceja clavósele al cura la idea de que el indio había sido el demonio en carne y hueso, por ende regalo del infierno el oro y plata gastados en obsequiar al visitador y su comitiva.
¡ Digo, si su paternidad tenía motivo, y gordo, para perder la chaveta!
Y a tal punto llegó a su preocupación y tanto melancolizósele el ánimo, que se encaprichó en morirse, y a la postre le cantaron gori-gori.
En el archivo de los frailes de Ocopa hay una declaración que presto el moribundo sobre los tesoros que el diablo le hizo ver. El maldito lo había tentado por la vanidad y la codicia.
Existe en San Jerónimo la casa de Catalina Huanca. El pueblo cree a pie juntillas que en ellla deben estar escondidas, en un subterráneo, las fabulosas riquezas de la cacica, y aun en nuestro tiempo se ha hecho excavaciones para impedir que las barras se pudran o crie moho en el encierro."(2)


Desde entonces, la historia sobre su existencia no solo reprodujo leyendas, sino también desató la afiebrada pasión de algunos mortales que dedicaron su vida a buscar los tesoros que esta mujer supuestamente había dejado enterrados en la ruta que viene de Huancayo a Lima.


Luis Sanchez Cerro
Años atrás, el presidente Luis Sánchez Cerro había sido más osado: convencido por su ministro de gobierno Alejandro Barco, quien estaba seguro de la existencia de entierros incaicos de Catalina en el cerro San Bartolomé, Zárate y El Agustino, ordenó una serie de excavaciones en estos lugares, a cargo de una legión de trabajadores pagados por el erario nacional.
Era 1930 y el presidente dio una resolución suprema que declaraba como propiedad del Estado todos estos tesoros precolombinos. Con ello Sánchez Cerro tenía la noble intención de aliviar el déficit fiscal, sin embargo meses después una revuelta lo sacó del poder.

Y cuando retornó a la presidencia -vía elecciones en 1931- trató de reanudar la búsqueda, pero tiempo después fue asesinado a la salida del hipódromo de Santa Beatriz.
El presidente que lo sucedió, el general Oscar R. Benavides, con más temor que tino ordenó detener las excavaciones y pidió olvidarse de Catalina Huanca. "Yo no quiero morir asesinado", le dijo a sus asesores.

Antonio Inzillo
Durante la década de 1950, un viajero italiano, Antonio Inzillo, fundó una compañía dedicada a esta tarea, pero después de múltiples excavaciones tuvo que abandonar la empresa sin nada en los bolsillos.

La nación huanca
¿Existió realmente una mujer indígena rica y poderosa, en pleno dominio colonial español, que ayudaba a indios y ayllus?

La nación huanca, etnia que ha jugado un papel importante en la historia peruana desde tiempos prehispánicos hasta su participación en la Campaña de la Breña, durante la Guerra con Chile. Justamente Andrés Avelino Cáceres convenció a las comunidades de la región central para que se sumasen a su ejército con una poderosa revelación: "por mis venas corre la sangre de Catalina Huanca".

Algo que no sería falso, pues la madre de Cáceres, doña Justa Dorregaray Cueva, dama natural de Huamanga (Ayacucho) ,había sido vecina y pariente por línea materna de la poderosa cacica Teresa Apoalaya, que según todas las crónicas, relatos y documentos, reunidos por Aquilino Castro Vásquez(3) sería la verdadera identidad de la famosa Catalina.


En realidad los Apoalaya (4) han sido una de las castas más influyentes de la sierra central peruana. Ellos llegaron a ostentar un gran poder político en el Hanan Huanca (Valle del Mantaro) gracias a su alianza y fidelidad con la dinastía inca cuzqueña.
Históricamente apoyaron a Huáscar en su lucha contra Atahualpa, lo que los hizo aparecer como supuestos aliados de los españoles.

Tanto los Apoalaya, como otros caciques huancas, acumularon gran fortuna durante la Colonia, especialmente con la importación de ganadería desde España, y con la formación de las haciendas y obrajes.
Estos curacas del valle de Jauja tuvieron incluso más poder económico que los propios españoles hasta fines del siglo XVIII. Esta clase pudiente en el corazón de los Andes alimentó la leyenda de la rica y legendaria ciudad de Jauja. (5)

La Cacica

Hacia fines del siglo XVII Carlos Apoalaya, apodado El grande, tenía más de setenta propiedades entre haciendas, obrajes, chorrillos, solares y casas, su riqueza era considerada como la más importante de la sierra central.
Cuando muere, en 1698, le sobreviven tres de sus siete hijos: Cristóbal, Teresa y Petrona.
Por tradición debía heredarlo su primogénito, pero éste se encontraba refugiado en Lima debido a problemas con la justicia colonial por su negativa a ser capitán de la corona en las montañas del río Ene.

Se produjo, entonces, un vacío de poder que fue aprovechado por Teresa, quien se hizo de las tierras de su padre, rompiendo la tradición patriarcal. Primero dominó la zona del Hanan Huanca y después gracias a una serie de alianzas de parentesco consiguió hacerse de los cacicazgos de Hatun Xauxa y Urin Huanca.

Años más tarde, Teresa renunció a los curacazgos en favor de su hijo Blas, quien por una alianza matrimonial regentó también el poder en Lurin Huanca.
 
Existe un expediente de títulos de la comunidad de Huamanmarca, donde se presenta como procuradora de los ayllus, una "...muy poderosa señora Catalina Guanca"; siendo interesante que el mismo esté firmado el día cinco de junio de 1714, cuando era curaca principal del valle, precisamente la mencionada Teresa. Es posible entonces que "Catalina Huanca", sea un seudónimo utilizado por ella.¿Por que el seudonimo?
 

En la primera década del siglo XVIII, cuando no tenía más de treinta años, "ya dominaba las tres parcialidades más importantes de la nación huanca, lo que hoy serían las ciudades de Huancayo, Concepción, Jauja y Chupaca", dice el historiador Aquilino Castro.
Su fortuna, a diferencia del oro y plata de la leyenda, consistía en cinco haciendas, la de Laybe era la mayor con 23 mil ovejas, además de tierras de caña de azúcar, trapiches, obrajes y molinos.

La transformación

Teresa Apoalaya ejerció su poder por cuatro décadas, muriendo en 1735 sin dejar testamento conocido.

Según los cronistas de la época, Catalina Huanca falleció a los 90 años de edad en los tiempos del Virrey Marqués de Guadalcázar. Su deceso causó gran pesar y fue muy llorada por gente de todas las edades y condición social. A su sepelio, asistieron miles de personas.

Se casó tres veces, tuvo tres hijos, y su última boda la realizó cuando ya bordeaba los 60 años con el español Benito Troncoso de Lira y Sotomayor.
Tenía la imagen de una mujer de carácter con los poderosos y dadivosa con los indios, en documentos registrados en los años 1712, 1714, 1715 y 1717 dona gran parte de su fortuna a los ayllus de la zona.

Sin embargo, la pregunta pendiente es ¿por qué Teresa Apoalaya se transforma en Catalina Huanca? Según Aquilino Castro ella tomaba esta identidad durante sus viajes a Lima para evitar que su hermano Cristóbal -quien ya había adoptado el nombre de Bartolomé Rodríguez- sea identificado.
Y otra razón poderosa era su devoción por Catalina de Siena, su santa protectora.

Según el historiador, quien donó los azulejos para la construcción de la iglesia de San Francisco de Lima no fue ella, como cuenta la célebre tradición de Ricardo Palma, sino su hermana menor Petronia Apoalaya.

Y como podemos suponer es probable que ella nunca haya dejado tesoros sembrados en su camino hacia Lima.

Eso sí, Laybe, su hacienda más importante, fue vendida en 1761 por una nieta suya a la madre del prócer de la independencia José Baquíjano y Carrillo, y en 1848 pasó a manos de Manuel Salazar Baquíjano, conde de Vista Florida, como una muestra de que los tiempos legendarios de la nobleza descendiente de los incas habían llegado a su fin.

El apellido Apoalaya

Según la historiadora Ella Dumbar Temple cuando Túpac Yupanqui llegó en 1470 al valle de Hatun Mayu encontró como jefe de la parcialidad de Llacsapallanga a Sinchi Canga Alaya. Antes de iniciar una conquista violenta, el inca le ofreció al jefe huanca establecer una alianza estratégica, concediéndole el título de Apo, que significaba poderoso señor. Desde entonces el apellido aymara Alaya se transformó en Apoalaya.

En Lima : El complejo Catalina Huanca
La arquitectura Lima se distinguió por la existencia de grandes edificaciones piramidales hechas con pequeños adobes denominados “adobitos”.
Del período Lima Medio, destacan sitios como Cerro Culebras a orilla del Río Chillón, donde se podían ver pinturas murales, representando seres fantásticos con rasgos felinos y antropomorfos.
Del Lima Tardío, los asentamientos del valle medio del Rímac, como Cajamarquilla y Catalina Huanca.
 
En la actualidad el complejo Catalina Huanca, se encuentra ubicado en el distrito de Ate-Vitarte, en la margen izquierda del río Rímac. Un montículo piramidal de grandes dimensiones, parece marcar el lugar. El centro poblado, se encuentra en una quebrada cercana.
 
Aun se pueden obsevar construcciones con adobes pequeños, al estilo de la Huaca Aramburú y otras edificaciones de tapial y piedra de campo. En los alrededores también queda un antiguo cementerio. Todo ello como un triste recuerdo de aquel gran personaje de leyenda.

 

Fuente :
(1) Dominical, Lima 11/12/05 :La dama de oro
(2)http://es.wikisource.org/wiki/Ricardo_Palma
(3) historiador  del Valle del Mantaro ,Aquilino Castro ;ha dedicado gran parte de su vida a recuperar la memoria de su tierra natal Chupaca y del Valle del Mantaro para remediar, dice, algo que repetía su maestro en San Marcos, Raúl Porras Barrenechea: "nuestros pueblos son ricos en historia, pero pobres en historiadores".

(4) La historiadora Ella Dumbar Temple publicó en 1942 un excelente ensayo sobre esta familia en la Revista del Museo Nacional-
(5) Según el historiador sanmarquino Carlos Hurtado Ames

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